Por He Leijing y Wang Qinou LIVIGNO, Italia, 16 feb (Xinhua) — Brasil no tiene nieve. Pero, en una cuesta alpina nublada del norte de Italia, Lucas Pinheiro Braathen ofreció a la nación sudamericana un momento para celebrar. El atleta de 25 años asombró al mundo del esquí ganando el oro del eslalon gigante en los Juegos Olímpicos de Invierno Milán-Cortina, dando a Sudamérica su primera medalla lograda nunca en unos Juegos Olímpicos de Invierno. En un país que es sinónimo de fútbol, samba y playas bajo el sol, este resultado fue casi surrealista. HACIENDO HISTORIA «Es un momento difícil de reconocer, incluso cuando está claro que eres oficialmente campeón olímpico», dijo Braathen momentos después, tratando de asimilar lo que acababa de suceder. «Es algo que habías imaginado y soñado durante mucho tiempo. Incluso con toda esa confianza, sigue siendo increíble vivir ese sueño que se ha hecho realidad», declaró emocionado. Cuando su tiempo ganador se reflejó en lo alto del marcador, Braathen quedó paralizado, observando el número uno junto a su nombre. Luego vino la incredulidad, derrumbarse sobre la nieve y, finalmente, la felicidad. Sin música, el joven esquiador se puso a bailar unos pasos de samba, celebrando instintivamente como siempre ha hecho. La nieve caía sin cesar y había una niebla envolvente sobre la complicada pista Stelvio. Braathen, tranquilo, esquió relajado en contraste con la tensión que había a su alrededor, atravesando limpiamente la meta. Cuando todo acabó, gritó al aire frío. «Hoy fue demasiado ‘joga bonito'», declaró el esquiador, tomando prestada la frase que utilizan los brasileños para describir el fútbol jugado con filigranas y libertad. Durante todas las entrevistas, Braathen seguía tocando su medalla de oro, como queriendo confirmar que era verdad. Siendo una vez un niño que soñaba con convertirse en futbolista, reconoció que nunca pensó ser esquiador profesional, un deporte que apenas existe en Brasil. Su objetivo, insistió, era simple. «Espero poder inspirar a algunos niños ahí afuera para que, independientemente del aspecto que tengan o de dónde vengan, puedan perseguir sus propios sueños y ser quienes realmente son», señaló. «Esta es la verdadera fuente de felicidad en la vida», reflexionó. La victoria se produjo durante el primer día completo de Carnaval, las icónicas celebraciones en Brasil, antesala de la cuaresma. El triunfo de Braathen fue tan poderoso que desplazó la cobertura de los carnavales en los principales portales de noticias pese a las calles repletas de bailarines y fiesteros. Conocido cariñosamente en Brasil como «O cara do ski» (el tío del esquí), ofreció un momento de orgullo que pocos habían imaginado posible. Sin embargo, preguntado por haber hecho historia, Braathen desestimó la pregunta. «Estaba esquiando absolutamente siguiendo a mi corazón», relató. «No tenía nada que ver con la medalla o el potencial que tenía de hacer historia», aseguró. CONVIRTIÉNDOSE EN UNA INSPIRACIÓN El equilibrio entre libertad y precisión ha definido a Braathen desde mucho antes de marcar su camino a la historia olímpica. De madre brasileña y padre noruego, Braathen creció entre dos mundos diferentes. Después del divorcio de sus padres, cuando tenía tres años, pasó la primera infancia viviendo junto a su madre, absorbiendo los ritmos y apertura de la cultura brasileña. Después se mudó a Noruega, donde su padre, ligado profundamente a la cultura del esquí en el país, guio su desarrollo sobre la nieve. El resultado fue una rara mezcla de energía y expresividad brasileña combinada con disciplina y rigor técnico noruego. Braathen compitió inicialmente para Noruega, donde pronto se consolidó como uno de los talentos deportivos más ilusionantes del país nórdico. Especialista en eslalon y eslalon gigante, cosechó múltiples victorias y podios en la Copa del Mundo, incluido un título de eslalon en la temporada 2022-2023. Luego vino un abrupto parón. En 2023, por desavenencias con la Federación Noruega de Esquí, Braathen anunció su retirada, apartándose de la competición en el mejor momento de su carrera. La decisión sorprendió al mundo del esquí y generó especulaciones sobre si una de las personalidades más distintivas del deporte regresaría. Lo hizo, pero en sus propios términos. En 2024, Braathen inició su regreso representando a Brasil, el país de su madre, un movimiento motivado por identidad y oportunidad a partes iguales. El cambio le llevó a una nación con escasa tradición alpina, aunque con enorme entusiasmo, permitiéndole competir con un sentido del propósito renovado. Esa identidad, audacia, expresividad y ausencia de miedo para desafiar lo establecido se ha convertido en su seña personal. Era visible en su forma de esquiar, en sus celebraciones y en la histórica medalla de oro que vino después. Braathen ya había portado la bandera de Brasil durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Invierno, un momento simbólico para un atleta que competía en una especialidad sobre la cual una mayoría de sus compatriotas no estaban familiarizados. Sin embargo, reveló que recibió muestras de apoyo desde todo el país. «No puedo decirte cuántos mensajes tenía diciendo ‘no tengo idea de que va esto, pero ánimo Brasil, ánimo Lucas'», bromeó. «Ese amor incondicional, incluso cuando todavía estamos introduciendo las carreras de esquí en Brasil, es lo que me llevo conmigo hoy», apuntó. Tras hacer su debut olímpico en Beijing 2022, Braathen ha situado ahora con fuerza el esquí sudamericano en el mapa del mundo. Escuchar el himno nacional de Brasil durante la entrega de medallas, comentó, fue el momento más emocionante ese día. «No crecí como esquiador. Crecí como futbolista», reveló. «He intentado buscar las palabras para expresar lo que siento y es sencillamente imposible», manifestó. Esas emociones, continuó, se forjaron a través del riesgo y un camino poco convencional. «Si no hubiera sido por las decisiones drásticas que he tomado, nunca estaría sentado aquí con ella», reconoció, señalando la medalla colgada sobre su cuello. De vuelta a casa, le aguarda un estatus de superestrella, en una nación más conocida por sus bosques y playas que por sus pendientes alpinas. En la ceremonia inaugural, Braathen también vistió una chaqueta decorada con los motivos de la bandera brasileña. No fue una simple muestra de ir a la moda, abundó, sino una expresión de orgullo por representar a la nación. Al final, la medalla le importó menos que el mensaje. «Lo que estoy sintiendo es un sol resplandeciendo con mucha luz en mi interior», afirmó Braathen. «Espero que esa luz pueda brillar en otros, inspirarles para seguir a su corazón y creer en ellos mismos», pidió. Su propósito, reiteró, fue más allá de resultados o estadísticas. «Estuvimos en una carrera de esquí hoy, pero este mensaje va mucho más allá. Si hay una cosa que, espero, la gente aprenda de esto, es atreverte a ser quien eres», finalizó. Fin
