CARACAS, 29 jun (Xinhua) — Bajo el sol que cae sobre la avenida Bolívar de Caracas, convertida en refugio improvisado en medio de la emergencia nacional, dos figuras improbables avanzan entre carpas y escombros. Minnie Mouse y Bob Esponja caminan entre familias damnificadas, no como parte de un espectáculo, sino como una iniciativa espontánea para llevar consuelo a los más pequeños. Detrás de los disfraces están Glesner Enrique Guzmán Machado y Claris Valdivier Suárez, vecinos de Caracas, quienes desde el jueves decidieron salir a las calles tras los terremotos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudieron al país sudamericano. Primero llevaron arepas y jugos. Hoy, llevan algo menos tangible, pero igual de necesario: alegría y distracción para los niños. «Los niños se emocionan mucho», cuenta Glesner. La escena se repite: rostros tensos que, por un instante, se suavizan. Manos pequeñas que se aferran a los personajes. Risas y fotografías que irrumpen en medio de una ciudad herida. La iniciativa surgió casi sin planificación. «¿Cómo nos vamos a quedar en casa?», dice Claris, todavía con el recuerdo reciente del temblor. Estaba frente al televisor cuando todo comenzó a sacudirse; el aparato cayó, los objetos se desplomaron y ella corrió a reunir a su familia. Su vivienda resistió, aunque con grietas visibles. No todas corrieron la misma suerte. Por eso, al día siguiente, el miedo quedó en segundo plano. «Todavía estamos asustados, pero hay gente que lo perdió todo», explica. Para ella no es una opción quedarse en casa sin hacer nada cuando el dolor inunda al país. El recorrido apenas comienza. Las calles por delante son muchas, y también las necesidades. A su alrededor, un grupo más amplio distribuye cobijas, pañales, alimentos. Es una red de solidaridad social espontánea, tejida entre voluntades como la de Claris y Glesner. Pero en ese entramado, el gesto de los disfraces tiene un propósito específico. «Queremos robarles una sonrisa», dice Claris. No es una metáfora ligera: en los niños, el impacto del desastre permanece como una inquietud difícil de nombrar. Ellos no procesan la tragedia como los adultos. Algunos siguen en silencio, otros se aferran a sus padres. En ese contexto, la aparición de personajes conocidos introduce una ruptura breve, casi luminosa. «Esto lo hacemos de corazón», insiste Glesner. No hay grandes recursos detrás, solo aportes dispersos pero abundantes y organización comunitaria. A medida que avanzan, Minnie y Bob Esponja se detienen una y otra vez. No hay prisa. Cada encuentro parece justificar el recorrido completo, cada vez que un niño o una niña sonríe con incredulidad, inspeccionando con suspicacia infantil la veracidad del personaje. Al final del día, lo que recuerdan estos dos venezolanos al soltar sus disfraces, es la sucesión de momentos felices que generaron con su aporte, en medio de la más grande catástrofe natural de los últimos dos siglos en Venezuela. En su último reporte, el Gobierno venezolano informó que 1.450 personas han fallecido a causa del doble evento sísmico, otras 3.150 resultaron heridas y más de 12.000 familias permanecen damnificadas. «De esto vamos a salir», dicen Minnie Mouse y Bob Esponja. Y así, estos dos personajes que rara vez coinciden juntos en pantalla continúan su recorrido hacia el próximo lugar donde una sonrisa pueda convertirse, aunque sea por unos minutos, en una forma de refugio. Fin
