BEIJING, 9 jul (Xinhua) — Mientras olas de calor sin precedentes azotan Europa, los aires acondicionados y los equipos y artefactos de refrigeración asequibles fabricados en China se han convertido en auténticos «bestsellers», recordándonos de forma muy oportuna que la sólida capacidad manufacturera del país asiático no es, en absoluto, un problema de «exceso de capacidad», sino una solución a necesidades reales. Recientemente, algunos políticos de la Unión Europea han venido sopesando la aplicación de nuevas herramientas de defensa comercial dirigidas a lo que denominan el «exceso de capacidad subvencionado» de China. Sin embargo, en las tiendas, los consumidores buscan con avidez productos chinos que sean asequibles y fiables, y también que estén fácilmente disponibles, demostrando su confianza al momento de comprar. La lección es clara: Una producción que responde a necesidades reales no es «excesiva», es valiosa. Esto pone de manifiesto las deficiencias del discurso sobre el supuesto «exceso de capacidad» de China. En términos económicos, el exceso de capacidad debería evaluarse por una subutilización persistente, un exceso de inventarios, una baja rentabilidad y una ausencia de demanda del mercado, no por la competitividad de los productos de un país para ser exportados. La narrativa de Occidente se basa claramente en un flagrante doble rasero. Cuando los aviones, automóviles, productos farmacéuticos y vinos europeos conquistan los mercados mundiales y dominan las exportaciones, se les considera la «ventaja competitiva» de Europa. Sin embargo, cuando los productos chinos satisfacen la demanda mundial, se les tacha injustamente de «exceso de capacidad». Pocos en Occidente se quejaron del «exceso de capacidad» cuando los países europeos buscaban con urgencia mascarillas y suministros médicos chinos durante la pandemia de COVID-19. Esta retórica selectiva y egoísta deja al descubierto lo que no es más que un sesgo proteccionista y una mentalidad de suma cero. Cabe destacar que la competitividad industrial de China proviene de una feroz competencia de mercado, la continua innovación tecnológica, la cadena industrial más completa del mundo y las economías de escala que posibilita su enorme mercado interno. La exageración en torno a la tal «sobrecapacidad de China» refleja, en esencia, la ansiedad desmesurada de Occidente, alimentada por su debilitada competitividad industrial, las dificultades propias de la transición energética y una desconfianza geopolítica infundada. Recurrir a barreras comerciales no solucionará los problemas estructurales de Occidente; solo tendrá un efecto contraproducente. Restringir las importaciones asequibles de China aumentará directamente el costo de vida de los hogares occidentales, ya afectados por la inflación, agravará las dificultades de los grupos vulnerables y elevará el costo total de la transición ecológica de Occidente. En el largo plazo, las medidas proteccionistas perturbarán las cadenas industriales y de suministro globales, perjudicarán los intereses de las empresas occidentales que durante mucho tiempo han obtenido enormes beneficios del mercado chino y, en última instancia, socavarán la competitividad de las propias industrias occidentales. El comercio con China debería ser el resultado natural de la demanda del mercado y las ventajas complementarias. Dicho comercio ofrece beneficios tangibles para ambas partes: Los consumidores pueden acceder a productos asequibles y de alta calidad, mientras que las empresas obtienen ganancias razonables. Se trata de una elección mutuamente beneficiosa, en lugar de la supuesta «inundación» unilateral de bienes que algunos políticos occidentales denuncian. A medida que se intensifica el calentamiento global, se prevé que la demanda de acondicionadores de aire y otras soluciones de refrigeración en los mercados europeos continúe su tendencia al alza. Las empresas chinas han logrado una ventaja competitiva tanto en capacidad de producción como en innovación tecnológica para estos productos. La imposición apresurada de nuevas barreras comerciales contra los productos chinos que tienen en mente los responsables políticos europeos privará a los consumidores locales de una solución más asequible para mitigar el sofocante calor del verano, que en los últimos años ha azotado ese continente de forma repetida y que probablemente se hará cada vez más común. En el peor de los casos, podría costar vidas europeas. Al inicio de su proceso de reforma y apertura, China no dudó en absoluto en acoger la inversión y la tecnología avanzada de Europa, que desempeñaron un papel fundamental en su desarrollo y prosperidad. Hoy, sería conveniente que los responsables políticos europeos alentaran a los fabricantes chinos de aires acondicionados a invertir y aportar su tecnología a Europa, por ejemplo, mediante empresas conjuntas con socios europeos, para lograr la producción local y el desarrollo conjunto de innovación y desarrollo tecnológicos. Sin duda, esta cooperación generará beneficios para ambas partes y aliviará la presión sobre los ciudadanos europeos que padecen los efectos de las olas de calor. Fin
