Por René Quenallata Paredes LA PAZ, 31 dic (Xinhua) — Entre mercados abarrotados, mesas familiares y rituales heredados de generaciones, miles de bolivianos se volcaron a los mercados este miércoles para adquirir productos aferrándose a rituales, cábalas y tradiciones ancestrales como una forma de renovar la esperanza y proyectar deseos de estabilidad, salud y prosperidad para el Año Nuevo que comienza. Desde primeras horas del día, los principales mercados de ciudades del eje central como La Paz (oeste), El Alto (oeste), Cochabamba (centro) y Santa Cruz (este) registraron una intensa afluencia de compradores en busca de uvas, velas de colores, champán, prendas íntimas simbólicas de diferentes colores, sahumerios y alimentos, que conforman el repertorio de prácticas asociadas al Año Nuevo. La escena se repitió en puestos improvisados y ferias barriales, donde comerciantes ofrecían artículos tradicionales junto a amuletos modernos, reflejo de una cultura que combina herencias indígenas con influencias globales. El escritor, investigador y comunicador social Ernesto Calizaya dijo a Xinhua que en Bolivia el cambio de año es vivido como un momento de transición simbólica. Las celebraciones comienzan la noche del 31 de diciembre, cuando las familias se reúnen alrededor de una mesa abundante. «En muchas regiones, la carne de cerdo ocupa un lugar central, asociada culturalmente al avance y al progreso», agregó. «Las tradiciones de Año Nuevo en Bolivia son una experiencia profundamente cultural. La gente se volcó a los mercados para adquirir los artículos necesarios para sus rituales, incluso en un contexto económico complejo que vive el país, pero nada impide que los bolivianos sigan con sus tradiciones para el Año Nuevo», explicó. En su criterio, estas prácticas funcionan como un refugio simbólico frente a la incertidumbre y como un mecanismo colectivo para reafirmar expectativas de cambio. Calizaya señaló que las costumbres ancestrales conviven con cábalas modernas que se han vuelto parte del imaginario cotidiano. Manifestó que comer doce uvas al ritmo de las campanadas, brindar con champán, vestir ropa interior de colores, amarillo para el dinero, rojo para el amor, blanco para la paz, subir gradas o contar billetes antes de la medianoche son rituales ampliamente extendidos, especialmente en áreas urbanas. Desde la cosmovisión andina, el Año Nuevo también se vincula con un proceso espiritual de equilibrio y reciprocidad. La maestra ancestral Estela Tola explicó a Xinhua que los rituales tradicionales priorizan pedidos de salud, amor y prosperidad, los deseos más recurrentes en tiempos de crisis. «Las tradiciones se entrelazan, uniendo la espiritualidad andina con prácticas adoptadas de otras culturas, que hoy forman parte de la vida urbana», sostuvo. En los últimos años, añadió, se ha observado un resurgimiento de los rituales indígenas, impulsado por un renovado interés en las raíces culturales y la identidad. Entre ellos destaca la wajta, una ofrenda ceremonial del altiplano boliviano dedicada a la Pachamama, la Madre Tierra. Tola explicó que la wajta consiste en una mesa ritual compuesta por diversos elementos simbólicos, alimentos, dulces, hierbas y figuras representativas, que se queman como ofrenda. El objetivo es agradecer por lo recibido y pedir trabajo, salud y bienestar para el año entrante. «Enero es un mes clave, después de la primera etapa agrícola. Es cuando la Pachamama debe ser alimentada para mantener el equilibrio», precisó. Tanto Tola como Calizaya coinciden en que el eje central de estas tradiciones es el trabajo interior como fortalecer la mente, canalizar los deseos y renovar las energías. En un país atravesado por dificultades económicas y tensiones sociales, estos rituales adquieren un valor simbólico adicional como espacios de contención y proyección de futuro. Fin
