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Especial: Cooperativa maya transforma antiguo basurero en modelo de ecoturismo comunitario en sureste de México

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May 16, 2026
Por Ricardo Montoya y José Gabriel Martínez MÉRIDA, México, 15 may (Xinhua) — En la selva yucateca del municipio de Yaxcabá, en el sureste de México, donde durante décadas se acumuló basura y el miedo mantuvo alejados a los habitantes de la comunidad, hoy en día resuenan a diario los pasos de visitantes que descienden hacia aguas cristalinas rodeadas de roca caliza y vegetación tropical. El cenote Yokdzonot, administrado por la cooperativa comunitaria Zaaz Koolen Haá, «aguas cristalinas» en lengua maya, se ha convertido en un ejemplo de ecoturismo rural y organización social en el sureste de México. Ubicado en la comunidad de Yokdzonot, a 18 kilómetros al oeste de la zona arqueológica de Chichén Itzá y a unos 100 kilómetros de la ciudad de Mérida, capital del estado de Yucatán, el sitio es gestionado desde 2007 por 16 socios fundadores, en su mayoría mujeres de ascendencia maya que encontraron en el proyecto una alternativa económica y una forma de transformar su entorno. «Inicialmente, fue para que las personas de la comunidad tengan algún trabajo. No trabajaban por ser mujeres, sus esposos eran los que trabajaban fuera y a través de ello, gracias a esta invitación que se hizo para trabajar el lugar, ellas ya están laborando», explicó Carlos Héctor Ciau, socio activo de la cooperativa. La historia comenzó en 2005, cuando autoridades gubernamentales lanzaron una convocatoria para rescatar el área, ya que en aquel momento el cenote era un basurero a cielo abierto cubierto por la selva. Más de 50 personas se interesaron de manera inicial, aunque el arduo proceso de limpieza y la falta de ingresos provocaron que muchos abandonaran el proyecto. «Nos pusieron algo así como una condición: que durante un año limpiáramos toda el área. Si veían que nos interesaba y lo estábamos trabajando, pues nos iban a apoyar económicamente», recordó Ciau, quien comentó que al final solo permanecieron 16 integrantes que construyeron las primeras escaleras, plataformas, espacios de cocina y restaurante. La cooperativa funciona hoy en día como un pequeño motor económico local que ofrece actividades como nado libre, rappel, tirolesa y áreas de campamento, además de un restaurante de comida tradicional yucateca, mientras que durante temporadas altas, los socios contratan a jóvenes de la comunidad para apoyar las operaciones. Para la socia fundadora, María Isolina Catzin, el proyecto representó también un cambio profundo en la vida de las mujeres de Yokdzonot. «Cuando nosotros iniciamos trabajando aquí nuestros hijos estaban pequeños. Teníamos que traer a los niños acá y entre las compañeras nos ayudábamos para cuidarlos», dijo. «Fue un reto para nosotras como mamás porque aparte de tener la responsabilidad de la casa, al tener al marido y todo, teníamos que tener este trabajo. Aprendimos a trabajar y ver cómo nos las ingeniábamos para que vengamos a cumplir aquí porque queríamos alcanzar algo, queríamos una mejor vida para las familias», relató Catzin. La capacitación en equidad de género impulsada por instituciones públicas ayudó a modificar dinámicas tradicionales en la comunidad, según contó la socia fundadora. «Gracias a eso ahora podemos aportar aparte en el hogar y en lo económico. Sí hemos demostrado que podemos y lo hemos logrado», afirmó. Recordó que el esfuerzo físico marcó los primeros años del proyecto, cuando «todo se trabajaba como las hormiguitas. Las piedras se iban pasando de mano en mano hasta llegar al restaurante y el trabajo era por igual mujer y hombre». Hoy en día, el cenote atrae a visitantes nacionales y extranjeros que suelen complementar su recorrido a Chichén Itzá con una experiencia de turismo comunitario, aunque el crecimiento del sector también ha traído competencia y tensiones locales. «Al inicio no había varios cenotes abiertos por esta zona. Ahora mucha gente se está dedicando al ecoturismo y esa ha sido una parte de las desventajas que hemos tenido», señaló Ciau, pero a pesar de ello, los integrantes de Zaaz Koolen Haá insisten en mantener el enfoque ambiental y comunitario que dio origen al proyecto. «El agua es vida: los animales, las abejas, todo el entorno que nos rodea es parte de nosotros mismos. Siento que es igual vida para nosotros. Hasta para talar ahorita lo tenemos que pensar mucho», subrayó Catzin. Lo que antes era un espacio abandonado y prohibido, es en la actualidad símbolo de resiliencia colectiva en la península de Yucatán: un cenote recuperado por manos comunitarias que encontró en el turismo sustentable una vía para preservar la naturaleza y fortalecer la vida local. Fin

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