Por Douglas Martínez y José Gabriel Martínez NAHUIZALCO, El Salvador, 3 mar (Xinhua) — El olor a pan dulce recién horneado, el murmullo de cuadernos que se abren muchas veces por primera vez y el aroma de plantas medicinales molidas en mortero, se mezclan con mucha frecuencia en el cantón Pushtan del distrito de Nahuizalco, en el occidente de El Salvador, con los sonidos y las dinámicas más rutinarias de la vida contemporánea. En esa comunidad rural de mayoría indígena, proyectos sociales impulsados por la empresa Sensunapán S.A. de C.V. contribuyen desde hace años a fortalecer capacidades productivas y rescatar saberes ancestrales para el bienestar socioeconómico de la comunidad. La empresa, que inició operaciones en 1992 en el ámbito de generación de energía renovable a partir de hidroeléctricas, desarrolla talleres gratuitos de alfabetización, panadería y medicina ancestral, entre otros oficios, con enfoque en mujeres, jóvenes y adultos mayores. «Nace del punto de vista de superar los desafíos en las comunidades», explicó la encargada de Responsabilidad Social Empresarial de la referida empresa, Adriana Tadeo, al ser cuestionada sobre el origen de los talleres. «Tenemos un equipo que se encarga de visitar casa por casa y nosotros vamos identificando. A medida que identificamos un problema, un desafío en las comunidades o una oportunidad, ahí es donde nosotros proponemos proyectos, talleres que benefician a mujeres, jóvenes, niños y a padres también», comentó. Según Tadeo, los talleres responden a necesidades concretas, al comentar que se dedican de manera directa a estos talleres «porque son necesidades de las comunidades, especialmente acá en Nahuizalco, que es una de las comunidades indígenas que nosotros, como empresa, tratamos de darles las oportunidades que ellos necesitan». Claudia Hernández amasa con determinación dentro de su vivienda, donde recuerda que al inicio dudaba de los talleres, pues no sabía leer ni escribir, pero la motivación pudo más que el temor. «Yo bien motivada porque siempre me ha gustado. Y quería, tenía un deseo de aprender a hacer pan dulce. Yo dije, me voy a aprender a ese taller del pan dulce», relató. Hoy en día vende parte de su modesta producción y, aunque reconoce gastos en horno y materiales, afirma que el cambio es evidente. «Eso cambia bastante en la vida, se siente uno que cambia bastante porque uno ya va ingresando (…) podemos ingresarlo para la familia y para uno», dijo. Hernández anima a otras mujeres a sumarse a los talleres de panadería, alfabetización y otros oficios: «Yo las invito a que ellas se animen, se animen para seguir adelante». La alfabetización es otro pilar de los talleres comunitarios en Nahuizalco, como lo confirmó Samuel Enríque Tepas, encargado del llamado «grupo cero», integrado por personas que carecen del conocimiento lectivo más básico. «Nos encontramos con una situación bastante fuerte. Porque los ancianos tenían el deseo de aprender, pero se encontraban con aquello de que no había oportunidades», señaló el encargado al describir el reto inicial. «Nos han expresado que para ellos significa bastante porque es una oportunidad, que nos comentan, en su etapa de niñez, adolescencia, no tuvieron», explicó Tepas respecto a los adultos mayores, para quienes aprender a leer representa una deuda saldada. Los participantes en estos talleres comunitarios avanzan con paciencia hasta poder leer rótulos o ayudar a sus nietos con tareas. En paralelo, el taller de medicina ancestral recupera prácticas transmitidas por generaciones y un ejemplo es María Rodríguez, quien participó en las capacitaciones y compartió sentirse realizada, feliz porque además de adquirir conocimiento en lo personal, contribuye a la permanencia de la tradición mediante su transmisión a otras generaciones. Bajo la guía de líderes comunitarios y del «tata» Pedro Pérez, reconocido como sacerdote indígena, la medicina natural se asume como parte de la identidad. «Para nosotros, la medicina ancestral es una ciencia y esa ciencia es la que adquirimos en la educación de nuestros antepasados», expresó Pérez, pues a su juicio, fortalecer esos saberes es vital ante los desafíos contemporáneos. «Aquí estamos hablando de vida. No estamos hablando de cosas sin importancia, sino de la vida, de la vida de los pueblos», subrayó. Entre hornos encendidos, pizarras con vocales y frascos de pomadas artesanales, los moradores de Pushtan, en el distrito de Nahuizalco, tejen así una red de aprendizaje y resistencia cultural, un contexto en que el conocimiento, sea técnico o ancestral, se convierte en herramienta de dignidad, esperanza y transformación para las comunidades. Fin
